Relatos gay
Yo era un chico de veinte años con la sexualidad por
descubrir y muchas dudas que solventar. Hasta que apareció Julian, el mejor
amigo de mi padre, y me descubrió que todo lo que yo quería era posible.
Lo único que salvaba aquel verano aburrido de hace dos años con asignaturas
pendientes eran las dos semanas que mis padres iban a irse de viaje quedándome
solo en casa. Yo tenía veinte años y muchas cosas por descubrir.
Yo no era un chico desagradable físicamente, pero mi timidez con las chicas
estropeaba cualquier posible relación, incluso de amistad, que pudiera tener
con ellas y eso me acarreaba muchas dudas. A la hora de pensar en el sexo con
ellas, me ponía muy nervioso puesto que no sabía qué era lo que se esperaba
exactamente de mí. Así que nunca lograba llegar al orgasmo a la hora de
masturbarme porque la presión mental me bajaba la erección. Sin embargo,
inconscientemente, en una de mis frustraciones al masturbarme pensé que con un
hombre sería más fácil ya que sé qué es lo que le gusta porque lo mismo me
gusta a mí. Ese pensamiento me excitó y me tranquilizó. Así que, con veinte
años, tuve mi primera eyaculación. Pero tenía un problema. Lo hice pensando
en mí mismo teniendo sexo con un hombre.
Las siguientes veces que me masturbé, por el mero hecho de alcanzar placer rápidamente,
seguían siendo imaginándome hombres de mi entorno, aquello me parecía muy fácil
y factible, mucho más que tirarme a una chica, que me parecía un mundo que jamás
lograría entender, y lo que en un principio era algo pasajero, se convirtió en
mi fantasía sexual.
Me veía teniendo sexo con hombres, es más, lo deseaba, lo necesitaba y me
parecía muy fácil hacerlo. Sin embargo, no me veía enamorado de uno. Era sólo
sexo, el amor lo dejaba en el campo de las chicas. Así que así estaba yo ese
verano, hecho un lío sin saber qué me gustaba o qué quería. Por eso
necesitaba aquellos días solos para pensar por mí mismo y decidir qué era lo
que yo quería.
Sin embargo, mis planes se iban a truncar.
Unos días antes de que mis padres se fueran, recibimos una llamada telefónica.
Era Julián, uno de los mejores amigos de mi padre que vivía en Estados Unidos
y al que yo no veía desde que era pequeño. Venía a España en viaje de
negocios y necesitaba alojarse en algún sitio. Por eso había pensado en mi
casa. Por supuesto, su viaje eran exactamente las dos semanas que mis padres
iban a estar fuera y mi padre le dijo que no había ningún problema, que yo me
quedaba en casa y que podía hacer uso de ella el tiempo que quisiera. Es más,
jocosamente le comentó que así se encargaría de que yo no hiciese locuras y
que así me cuidaría. No sabía mi padre lo bien que me iba a cuidar su mejor
amigo.
Pasó el tiempo y mis padres se fueron. Por lo tanto, llegó ese mismo día el
momento en que Julián iba a aparecer en mi vida. Era un día de Julio con un
calor asfixiante de esos que sólo se conocen donde yo vivo y el aire
acondicionado no funcionaba. yo llevaba unos shorts color azul marino y una
camiseta desteñida sin mangas que revelaban mi talante aburrido ante la
perspectiva de quedarme en casa para recibir a Julián y hacer de anfitrión
durante dos semanas sin poder pensar en mí mismo.
A las cuatro en punto de la tarde, mientras echaba una cabezadita en el sillón,
llamaron al timbre de forma constante, al mismo tiempo, escuchaba cómo unos
nudillos divertidos golpeaban la puerta con ritmo.
Abrí la puerta y lo que vi me dejó sin respiración.
Delante de mí estaba un hombre de cuarenta años con la piel un tanto bronceada
por el sol. Sus ojos grises me miraban a través del humo que echaba el
cigarrillo que tenía en sus labios carnosos mientras estaba apoyado con su
brazo derecho en el quicio de la puerta en una actitud liberal y su mano
izquierda acariciaba su mejilla cubierta por una leve barba de tres días que no
ocultaba alguna que otra cana. Su pelo moreno se volvía gris a medida que se
acercaba a las patillas y los hoyuelos que aparecieron en su cara al sonreír me
quedaron sin respiración. llevaba un traje de sastre color gris marengo y una
corbata a medio atar color azul marino sobre una camisa casi desabrochada dejaba
entrever su fina cadena de oro y una pequeña mata de pelo muy rizado que
llegaba hasta la parte superior de sus pectorales bien formados. Realmente no me
acordaba de que Julián fuese así.
Con un acento en perfecto español que en absoluto hacía imaginar que había
pasado los últimos quince años en un país anglosajón, me dijo :"Tú
debes de ser el hijo de Pablo, ¿me equivoco?" y me tendió la mano al
tiempo que con un paso ligero y despreocupado entraba en la casa mientras
arrastraba su maleta con ruedas.
Su seguridad aplastante me quedó de piedra. Nunca me había sentido así con un
hombre, con ellos tenía mucha facilidad de palabra y actuación porque me sentía
similar, pero con Julián en ese momento fue diferente. De alguna manera,
representaba todo lo que yo no era.
Sin esperar a que le invitase a entrar, Julián atravesó el pasillo y me
preguntó dónde estaba su habitación. Sin saber exactamente por qué, ya que
no era esa la que le habían preparado, le dije que era la que estaba frente a
mi habitación. Dejó las cosas en el suelo y se encaminó hacia la sala de
estar mientras comentaba que mi casa había cambiado mucho pero que la esencia
se mantenía. Era tan elegante en su forma de andar, de mover los brazos, de
fumar que no podía dejar de mirarle extasiado.
Se sentó en la mesa y me indicó que me sentara con él. Al poco rato, me
encontré tan a gusto en su compañía que comencé a sentirme yo mismo.
Julián no paraba de hablar y de hacerme preguntas, parecía realmente intrigado
por mi vida y yo estaba realmente interesado en la suya. No sólo en su vida,
sino en su forma de contarla, en su forma de mover la boca, en cómo se humedecía
los labios, en cómo a veces ponía su mano sobre mi hombro para hacerme una
confidencia. No me dí cuenta hasta ese momento, pero bajo mis pequeños shorts
había una erección de caballo y yo no estaba haciendo nada para disimularlo.
Hasta el momento en que vi que furtivamente miraba a mi entrepierna dejando
escapar una sonrisa enigmática.
En ese momento traté de cubrirme como pude aunque, en el fondo, quería enseñárselo
todo, quería que me admirara, que me deseara, que me enseñase, que me
descubriera cosas que ni yo mismo sabía que existían. Y en cierto modo lo
hizo, porque me ofreció un cigarrillo.
Jamás había fumado, ni me lo había planteado, pero aquella vez fue diferente.
Me apetecía tener algo en mi boca que dominar. Podía hasta imaginarme que era
la polla de Julián, y acabaría estando a mi antojo. En un principio me negué,
tantos años de negación no iban a irse en un momento, pero él me insistió
diciendo que era descortés dejarle fumando solo mientras yo miraba y que él me
enseñaría si yo quería. Aquello me convenció y me excitó todavía más.
Asentí tímidamente.
Sonrió y dejó su dentadura perfectamente blanca a la vista mientras sacaba un
cigarrillo sin dejar de mirarme, como si estuviésemos haciendo algo prohibido.
Se humedeció los labios lentamente con una parsimonia que me volvía loco y se
introdujo el cigarrillo entre sus labios rosados. Encendió su mechero de
gasolina con un sonido seco y cerrando los ojos aspiró con fuerza mientras su
cigarrillo se encendía. Se quedó así un segundo, disfrutando de su sabor, se
notaba que disfrutaba con el placer del cigarrillo, mientras yo disfrutaba del
aroma a tabaco y sudor de hombre que había en el ambiente tan cargado por el
calor de aquella tarde de verano. Abrió los ojos y me pidió que me acercase,
yo no sabía cómo hacerlo para ocultar mi excitación pero acerqué mi sillón
al suyo. Me pidió que me humedeciese los labios y al momento sacó el
cigarrillo de su boca y lo puso en la mía muy lentamente. Me dijo que aspirase
como si estuviese tragando y sin siquiera notar el humo bajar por mi garganta,
estaba fumando. Ni una tos, ni un ojo enrojecido. Simplemente era un sabor. Un
sabor tan masculino que me daba miedo sentirlo tan dentro de mí. Él se encendió
otro y me dio la enhorabuena por hacerlo tan bien, mientras me moría de deseo y
de placer. Me sentía orgulloso de mí mismo y quería deleitarle más,
demostrarle que podía hacer lo que él quisiera, quería que estuviese
orgulloso de mí. En ese momento decidí que no estaba nada mal ser "el
esclavo y servidor" de Julián en las dos semanas que estuviese en mi casa.
Seguimos hablando y fumando y, sin darme cuenta, no sólo sabía más de él
mismo, sino que también de mí mismo y de lo que sentía y quería. Resultaba
que él estaba casado y que tenía una pequeña hija de un año de la que
hablaba con adoración. Por momentos yo no sólo quería ser su esposa para
darle todo el placer que un hombre como él necesitaba y que podía obtener de mí,
sino que había veces que quería ser él mismo. La tarde se nos hizo encima y
él me sugirió que necesitaba ducharse y afeitarse ya que, al día siguiente,
tenía la cita de negocios más importante de su viaje. Así que le mostré dónde
estaba el baño para que después cerrase la puerta tras de sí quedándome con
la mayor excitación de mi vida.
Me quedé ahí, parado, escuchando cómo abría el grifo y dejaba caer el agua
sobre un cuerpo que yo deseaba ver más que nada. Hacía calor, eso era
innegable. Pero mi calor interior duplicaba todo el calor ambiental. Me miré y
estaba sudando, temblando y con una erección inmensa. Fui consciente de mi
erección y me acaricié el bulto que formaban mis shorts. Me estremecí de
placer imaginando que él estaba dentro, en la ducha, sin tener ni idea de que
yo estaba tocándome fuera pensando en él. ¿Seguro que no se había dado
cuenta? Con la excitación había dejado de preocuparme por aquel bulto en mis
pantalones y estaba seguro de que él me había visto. No me importaba. En ese
momento no me importaba nada más que complacerle en lo que fuese.
Fui a hacer la cena como si fuese su sirviente y justo cuando la tenía sobre la
mesa, me llamó pidiendo que le sacase la ropa que había sobre la cama, que se
le había olvidado. Entré a trompicones en su cuarto por la impaciencia de
saber qué era y encontré sobre la cama un pijama de seda a rayas azul marino y
granate abrochado delante con un batín a juego. Cuando levanté todo lo que había,
entre esa ropa cayó algo que hizo que volviese a empalmarme. Un tanga a juego
con el pijama había estado escondido entre las telas. Era la primera vez que veía
uno, y mucho menos de seda. Era tan elegante, tan masculino que imaginarme a
Julián con aspecto de Yuppie triunfador me excitaba y me la ponía lo más dura
que jamás había estado.
Llamé a la puerta del baño y me abrió. Era mejor de lo que jamás había
imaginado. Tenía la piel con un color dorado precioso que brillaba todavía más
por las gotas de agua que todavía tenía. Llevaba una minúscula toalla blanca
alrededor de la cintura que le cubría hasta por encima de las rodillas y pude
contemplarle mientras se afeitaba ya que me pidió que le hiciese compañía.
Tenía un aspecto cómico con la cara a medio afeitar con espuma en una de las
mejillas todavía mientras hacía malabares para no manchar el cigarrillo que
estaba fumando mientras se afeitaba. Sus pezones, con una circunferencia
bastante ancha y bastante morenos, estaban duros por el frescor de la ducha. Sus
pelillos rizados cubrían todo el pecho pero simplemente el pecho, excepto por
el caminillo que subía desde su pubis. No es que estuviese musculado, pero no
había un ápice de grasa en su cuerpo, sin embargo, tenía los bíceps y los
hombros con bastante forma e inmediatamente recordé que él y mi padre, cuando
eran jóvenes, habían trabajado todos los veranos cargando y descargando cajas
en camiones y supuse que era ahí donde su cuerpo se había formado. Yo le
miraba divertido mientras se afeitaba como si fuese la cosa más natural del
mundo mientras él me preguntaba que, teniendo veinte años, ya tenía que
afeitarme a menudo que con qué lo hacía... Me encantaba que se interesase por
esa parte de mi vida privada y yo no me cortaba respondiendo.
La verdad es que para tener veinte años hacía tiempo que había dejado de lado
el ser barbilampiño y tenía que afeitarme casi cada tres días. Tenía el
cabello rubio ceniza y los ojos azules, pero mi barba era oscura haciéndome
parecer mayor. Incluso ya tenía pelo en el pecho, aunque no mucho y en este
caso sí que era claro, como el que había sobre mi polla, que tenía un color
pelirrojo. Cuando terminó de afeitarse me quedé tan cortado porque se tenía
que vestir que me fui del baño con la excusa de servir la cena y salí de allí
arrepintiéndome de cada paso que daba porque no había cerrado la puerta y
notaba cómo se ponía la ropa a mi espalda. Cuando salió del baño con el pelo
mojado para atrás, su rostro recién afeitado acentuando sus canas en las
sienes y patillas y sus labios carnosos, el pijama a medio abrochar por el
calor, descalzo y con el batín de seda sobre los hombros sentí deseos de
tirarme a sus brazos y dejar que me abrazase. Necesitaba sentirme deseado por él,
que me tocase, que me hiciese descubrir todo, que me enseñase todo lo que tenía
que saber, quería estar a su altura. Le deseaba más que nada. Y nada podía
hacer. Él tenía cuarenta años y yo veinte. Además, era amigo de mi padre y
no me podía arriesgar de esa manera.
Cenamos y decidimos irnos a la cama. Suelo dormir con la puerta cerrada, pero
aquella noche, el pensar que Julián dormía enfrente de mí y que si saliese me
vería durmiendo, me excitaba mucho. Decidí entonces dormir desnudo. NO era
novedad, pero sí hacerlo con la puerta abierta y con un hombre enfrente al que
deseaba poseer con todas mis fuerzas. Estaba claro que, entre el calor y la
excitación, era imposible dormir. Necesitaba descargar todo lo que había
dentro de mi polla, pero el miedo a que me descubriese era más grande. Así
iban pasando las horas y mi excitación no bajaba. Así que decidí que tenía
que darme el placer de pajearme pensando en Julián. Susurré su nombre para
escucharme a mí mismo y empecé a acariciarme el pecho. Mis dedos parecían eléctricos
pasando suavemente por mis pezones mientras mi otra mano acariciaba mi, ya
enorme, polla. Con lentitud, quería disfrutar del momento, comencé a estirar
la piel y devolverla a su sitio con una parsimonia que me volvía loco. En mi
mente se cruzaban imágenes de la tarde. Julián encendiendo un cigarrillo, Julián
con una toalla, Julián pasándome su cigarrillo, el olor a tabaco y sudor, sus
pezones endurecidos, su rostro a medio afeitar, su pecho cubierto por el pijama,
su aroma al salir de la ducha, su sonrisa, él ante la puerta mirándome a través
del humo, su mano sobre mi hombro para felicitarme por saber fumar... abrí los
ojos justo antes del orgasmo en un gesto inconsciente mientras mi mano se movía
rápidamente por mi falo empalmado que me daban ganas de mamar yo mismo.
Un destello rojo me sobresaltó. Julián estaba en el descansillo entre mi
cuarto y el suyo. Acababa de dar una calada a su cigarro y pude jurar que ese
brillo se había reflejado en sus ojos, que me estaban mirando fijamente.
Llevaba un vaso con cognac y tan sólo llevaba puesto aquel tanga rojo que tanto
me excitaba. Esa visión, imaginada o no, hizo que me corriese como jamás lo
había hecho gimiendo su nombre tan bajito como podía hacer. Las gotas de semen
saltaron a mi pecho e incluso a mi cara. Mi mano no dejaba de masturbar mi polla
mientras imaginaba a Julián observándome mientras me daba placer a mí mismo
pensando en él. No dejaba de salir lefa a borbotones manchando todo mi pecho
mientras con la otra mano me lo extendía como si fuese una crema y chupaba mis
dedos manchados. Cuando volví a abrir los ojos, no había nadie. Quizá lo
hubiese imaginado. y ese pensamiento me calmó porque bajada la excitación y
después de ser consciente de haber susurrado su nombre durante mi orgasmo, no
quería que Julián se enterase de nada. Tranquilo ya, di media vuelta y por fin
me dormí.
Cuando me levanté la mañana siguiente, bastante tarde casi a la hora de comer,
Julián ya no estaba. Debía de estar trabajando en sus negocios y yo vi mi
oportunidad. Entré en su cuarto y vi la cama deshecha, un cenicero lleno de
colillas sobre la mesilla junto a un vaso en el que parecía haber habido una
bebida alcohólica. Y en el suelo, junto a una serie de pañuelos de papel que
parecían haber limpiado su polla de una paja nocturna (o eso es lo que yo
deseaba) estaba el tanga de seda que llevaba la noche anterior. Aunque hubiese
descargado por la noche, mi verga comenzó de nuevo a tener vida propia y
deseaba llevarme ese tanga a la cara y aspirar el olor de su paquete. Olía a orín,
a su penetrante y masculina colonia y a lefa. Olía como huele mi ropa interior
después de haberme pajeado. No pude evitar sacar la lengua y saborear aquello.
Me desnudé y me puse el tanga, busqué el pijama y también me lo puse. Me
acosté en su cama, rodé por las sábanas sobre las que había posado su
cuerpo, aproveché alguna de sus colillas. En esos momentos me sentía como él.
Estaba muy excitado y quería hacerme una paja en su cama, para después pensar
que él se acostaría donde yo me había corrido. Pero sonó el teléfono y me
interrumpieron.
Era él. Su negocio había salido redondo y me invitaba a comer a un restaurante
bastante lujoso. Me dijo que me arreglase y que me esperaría tomando una
cerveza cerca de mi casa. Íbamos a comer los dos solos en un restaurante. Me
sentía especial por que se hubiese acordado de mí. Quería estar atractivo,
quería sentirme atractivo. Así que me duché mientras imaginaba cómo le
gustarían a él los hombres en el caso de que le gustasen. No tenía ni idea
pero quería parecerme a él, así que engominé mi pelo y me puse una camisa de
lino azul junto a unos pantalones cargo color camel. La pieza especial la
constituían unos boxers ajustados de licra color azul marino que, por supuesto
y para mi desgracia, él no vería pero que me hacían sentir muy sexual.
Comimos en un restaurante de lujo en el que estábamos solos y bebimos quizá
demasiado vino ya que cuando volvimos a casa a eso de las tres del medio día
estaba algo mareado. Nos sentamos en el sofá del salón a reposar ya que él
también estaba algo mareado. Al poco rato, se levantó y como si hubiese vivido
toda la vida en mi casa, fue directo al sitio donde mi padre guarda sus mejores
botellas. Sacó una de las de mejor vino para ir a continuación al cajón donde
mi padre guarda los cigarros habanos. Quedándose ahí un rato elijiendo, sacó
uno de la longitud de una polla empalmada que tenía un gran grosor y enseñándomelo
me dijo medio en un susurro: "Este vamos a fumárnoslo entre los dos,
sigamos celebrando que voy a ganar millones".
Julián llevaba ese día un traje de sastre color beige clarito con una camisa
blanca cuyos botones superiores estaban desabrochados por lo que junto a eso y
el sudor debido al calor, se le transparentaba tanto la cadena de oro como sus
pezones. No había dejado de mirar sus tetillas a través de la camisa durante
toda la comida y, a duras penas yo había podido probar bocado, el único bocado
que quería probar era su polla y estaba vedada.
Volvió a colocarse en el sofá después de quitarse la americana y, para mi
sorpresa, me pasó su brazo sobre el hombro colocándome de tal manera que
estaba yo apoyado sobre su costado mientras me rodeaba con todo su brazo
quedando su mano a la longitud suficiente para compartir el cigarro habano. No sé
si era por efecto del alcohol o la excitación pero acurruqué mi cabeza sobre
el ángulo que hace su pecho con su brazo apoyando mi nuca en su axila. Quería
sentirle cerca y la demostración de cariño al pasarme el brazo por encima me
hacía querer quedarme ahí para siempre. Me quedé medio adormecido y no me
daba cuenta de que mientras Julián fumaba el habano, con la mano que tenía
alrededor de mi cuello jugueteaba abrochando y desabrochándome los botones de
la camisa, como si no se diese cuenta de lo que estaba haciendo. Yo sí me daba
cuenta y sentía deseos de pedirle que me la desabrochara del todo.
Me puso el habano en la boca una vez que se dio cuenta de que estaba medio
despierto. Sonrió ante mi sorpresa pero mantuve el tipo. Había tenido el mejor
maestro en el arte de fumar y quería demostrárselo. Además, me encantaba ese
sabor tan macho, tan de hombre, me hacía sentir muy sexual y adulto. Sin
embargo, esa sensación dio paso a un escalofrío placentero cuando noté que
Julián se acercaba más a mí quedando su boca sobre mi oreja a punto de
susurrarme algo al oído.
- Ayer te vi. No sólo te vi, sino que también te escuché susurrar mi nombre
mientras te corrías vivo. Me quedaste tan caliente que tuve que pajearme
pensando en ti.
Le miré a los ojos con miedo y placer a la vez y comencé a temblar por los
nervios. En ese momento podría pasar cualquier cosa y yo estaba preparado. Sin
embargo, de mi boca no salía ningún sonido. Así que volvió a hablar él.
- No tengas vergüenza. Me encantó verte desnudo, ardiente, frenético de deseo
por mí... - mientras, seguía jugueteando con mi camisa y su voz parecía
hipnotizarme. Hizo una pausa y me levantó la cara hasta ponerla frente a la
suya - Déjame verte otra vez. Mastúrbate delante de mí.
Y sacando su lengua, la pasó lentamente por mis labios entreabiertos mientras
tenía mi cara cogida con su mano por la barbilla. No supe qué hacer. Me quedé
quieto, temblando de deseo. Era real y lo estaba viviendo. Pensé que podía
correrme tan sólo con la sensación de su lengua sobre mis labios, pero me
contuve. Sabía que lo mejor estaba por venir.
- Ven, déjame desnudarte - me dijo colocándome de pie frente a él. Lentamente
desabrochaba cada botón de mi camisa disfrutando con cada trozo de piel nuevo
que se veía. Cuando todos estaban desabrochados, acarició mi pecho. Sus manos
se posaban en mis pectorales mientras bajaban lentamente a mis abdominales para
después volver a subir y acariciarme los pezones. Me encantaba sentirme su
juguete sexual y quería regalarle mi cuerpo, mi virginidad y todo lo que tenía.
Pasó entonces a desabrochar el cinturón aprovechando para acariciarme el
paquete. - Tienes una gran herramienta, ¿sabes? Estoy deseando verla en acción.
- Me desabrochó el pantalón y me lo bajó. Ahí estaba mi bóxer de licra y me
sentía el tipo más atractivo y deseable del mundo, casi tanto como Julián.
Este era mi momento si quería disfrutar. Me latía el corazón a cien por hora
y quería abalanzarme sobre él y que me abrazase mientras me follaba. Notaba cómo
mi culo se iba dilatando por sí solo mientras no podía apartar mi mirada de
sus ojos y de su boca llena de deseo que todavía llevaba el habano. Me separé
y le dije:
- Si quieres verme, tendrás que regalarme algo. Ya sabes que te deseo, déjame
verte en acción a mí también.
Julián sonrió como si llevase esperando que dijese eso desde que llegó. Se
abrió de piernas y abrió sus brazos hasta apoyarlos en el respaldo del sofá.
"Soy todo tuyo, hazme lo que quieras" me dijo a duras penas porque
estaba fumando y jadeando. Cuando se abrió de piernas contemplé por primera
vez la tienda de campaña que creaban sus pantalones de lino y deseé ver qué
había debajo.
me coloqué de rodillas entre sus piernas con la camisa abierta y en boxers y
comencé a desabrocharle la camisa poco a poco, con los dientes. Era difícil,
pero el hecho de sentir el calor de su cuerpo tan cerca me animaba a terminar la
tarea. Poco a poco, iba arrancándole cada botón con la boca mientras iba
apareciendo su pecho, su estómago, su ombligo... hasta que su camisa estuvo por
fin completamente desabrochada. Le miré a los ojos y le sonreí. No había
dejado de acariciarme la cabeza mientras le desabrochaba la camisa y seguía
fumando aquel habano cuyo olor me excitaba tanto. Abrí la boca y le pedí una
calada. Se inclinó ante mí y me puso una mano en el hombro mientras con la
otra posaba el habano en mis labios y me daba un suave beso en la mejilla.
Volvió a quitarme el habano después de que yo expulsase el humo sobre su
paquete. Era mi momento, quería palpar aquel bulto sobre los pantalones. Un
bulto que quería sentir por todo mi cuerpo y, sobre todo, saborear hasta su último
jugo. rodeé aquella piedra cubierta de lino con la mano haciendo que Julián
soltase un gemido de placer y cerrara los ojos. La apreté casi con fuerza en mi
mano para sentir su forma, después comencé a acariciarlo con la mano derecha
mientras con la otra le acariciaba el estómago. En un gesto inconsciente,
acerqué mi cara a su paquete y lo besé muchas veces, en pequeños besos que
humedecían el pantalón, unido a los jugos que aquella polla expulsaba ante mis
manoseos.
Le miré y mis manos se desplazaban por su estómago, por su pecho. Le
cosquilleaba cada rincón que sus músculos creaban. Sus pezones iban endureciéndose
por momentos y, de vez en cuando, soltaba algún gemido tras expulsar el humo
del habano. Mientras, el me acariciaba la cabeza, me cosquilleaba el cuello y yo
creía que me iba a morir de excitación cada vez que me tocaba y sentía un
escalofrío.
En un gesto brusco se levantó y me retiró la camisa dejándola caer suavemente
sobre mis hombros. Me miró a los ojos. Poco a poco iba acercando su cara a la mía.
Iba a besarme. Sus labios calientes se posaron sobre los míos y abrí la boca
para recoger su lengua. La introdujo en mí y la acariciaba con la mía. Su boca
sabía a vino, a tabaco y a un extraño sabor que me empalmaba cada vez más.
Era su sabor. Sabor a hombre. Sus manos me apretaban con firmeza los hombros,
mientras mis manos recorrían la línea de sus pantalones acariciando por encima
la abertura de su culo prieto. Notaba cómo su polla empalmada rozaba la mía y
me movía para acariciarla. Mientras tanto, mis labios saboreaban los suyos. él
me mordisqueaba y yo también a él.
Cuando terminamos de besarnos, un hilo de saliva surgía de ambas bocas. Nos
miramos a los ojos y me sonrío mientras me bajaba los boxers y me tumbaba el
sofá mientras me tendía lo que quedaba de habano. "Toma, fúmatelo
mientras te hago la mejor mamada que vayas a experimentar en tu vida".
Me desnudó por completo y comenzó a acariciarme el cuerpo. Primero los
pezones, sus yemas de los dedos cosquilleaban mi pecho y me producían escalofríos.
Después pasó al estómago y de ahí a mis piernas, el contacto de sus dedos
con los pelos de mis piernas producía que se me pusiese la piel de gallina. Yo
le miraba, me encantaba mirarle mientras me hacía morir de placer. Entonces,
sus manos se dirigieron a la única parte de mi cuerpo que todavía no había
tocado y que le llamaba a voces. En ese momento yo era mi polla, para mí no
existía nada más. Solté un gemido sólo de pensarlo.
primero acarició mis ingles y la zona debajo de los huevos, casi rozando mi
culo. El muy cabrón sabía lo que me gustaba. Él me miraba mientras acercaba
sus labios a mi capullo. Después, con sus dedos, cosquilleó mi polla, empezó
por los huevos, los masajeaba suavemente, después, acarició el falo. Subía y
bajaba lentamente mi prepucio masturbándome con la mayor suavidad posible.
"Te gusta, eh?". Su sonrisa seductora mientras me hacía disfrutar era
más de lo que podía soportar, pero no podía correrme todavía. Le lancé un
suspiro de afirmación mientras mis manos revolvían su pelo. Me moví. No quería
correrme aún. Y le senté a él. "Todavía no te he visto desnudo y creo
que me lo debes".
Sonrió y miró a su paquete cubierto por el pantalón. "Hazlo". Le
bajé la cremallera mientas él aprovechaba para besarme todo el cuello y los
hombros y acariciarme el pecho. Le quite a duras penas el pantalón y le bajé
el nuevo tanga (que era negro) mientras le decía: "me gusta tu ropa
interior". Quedó también desnudo mostrándome su tiesa y grande verga. Se
la sujetó mientras me pasaba el habano y me dijo : "te gusta?"
Desnudo era como un Dios. El caminillo de vello que subía hasta su pecho a través
de su ombligo y estómago comenzaba en sus ingles, era un pelo rizado color
castaño oscuro y cubría gran parte de su polla. No importaba, porque era tan
grande que aun cubierta por el pelo, parecía enorme. Era de color oscura, igual
que su piel, y parecía que había estado tomando el sol desnudo porque todo su
cuerpo tenía el mismo tono dorado, incluso sus ingles. Su capullo se veía a
través del prepucio y un hilillo de líquido viscoso salía de él. En mi boca
sentí un sabor que no había sentido jamás y tuve la necesidad de saborearlo.
En un arrebato, se la cogí y comencé a mamársela como jamás hubiera pensado
que lo haría. Sus gemidos de placer me excitaban cada vez más. Su sabor era
salado y cada vez me gustaba más. Primero palpé con mi lengua todo el perímetro
de su polla haciendo que su capullo saliese al exterior. Después, masturbándole
tan suavemente como él me lo había hecho a mí, introduje toda su polla en mi
boca haciendo que exhalase el mayor gemido que yo había oído nunca. Eso me
llenó de satisfacción y de más excitación y deseo. MI cara subía y bajaba
por su pubis mientras mi lengua rodeaba y acariciaba todo su capullo. Sabía que
le gustaba porque a mí me estaba encantando su polla. La quería, quería que
fuese mía. La quería dentro de mí. Soltó un gemido y se movío, dejando el
habano, que había estado fumando mientras yo le mamaba la polla, me movió y se
colocó de modo que él también me la pudiera mamar. No podía creerlo, estaba
perdiendo mi virginidad con un amigo de mi padre!! el pensar en ello me excitaba
cada vez más. Nos quedamos así mucho rato. Me encantaba que ambos nos estuviésemos
dando placer a la vez. No podía verle la cara, pero sólo imaginarle sorbiendo
mi polla, tragándose cada jugo que yo expulsaba, me encantaba. Me encantaba
tenerlo encima de mí. Con su pecho acariciando el mío, con sus manos
acariciando mi culo. Aquello era mejor que el paraíso.
Cuando pensé que iba a correrme, me dejó. Me puso a cuatro patas y me preguntó
"¿Estás seguro de que quieres que te lo haga?" Afirmé con un
movimiento de cabeza y el me acarició la espalda mientras me decía.
"Tranquilo, tendré cuidado. No te dolerá en absoluto". Su lengua
entonces comenzó a introducirse por mi culo. era una sensación que jamás había
sentido y me encantaba. Quería que entrase más adentro. Sin que yo me diera
cuenta, mi culo se iba dilatando de deseo por su polla. Cuando Julián pensó
que era suficiente se colocó detrás de mí y me acarició la espalda para
indicarme que era el momento. Poco a poco, iba introduciendo su grande verga en
mi culo. Dolía, pero no me importaba. quería hacer ese sacrificio por él
porque quería darle todo el placer que hubiese en mi cuerpo. Quería que se
corriese por mí, en mí. Suavemente, iba empujando y con una mano me pellizcaba
los pezones mientras que con la otra iba masturbándome al mismo ritmo con que
metía su polla. Después, me dio la vuelta y pude contemplar su cara. Sus ojos
estaban hinchados de deseo, tan hinchados como mi polla en su mano. Pero lo más
sorprendente es que noté que su polla crecía hasta límites insospechados
dentro de mí.
Gemí como nunca lo había hecho y él comenzó a embestirme fuertemente.
"Sé que quizá te duela, pero somos hombres y hay que follar como hombres,
déjate llevar por mí y disfruta. Quiero ver tu cara de placer". Aquellas
palabras hicieron que el dolor desapareciera y me sumergí al placer. "Julián,
fóllame como sólo tú puedes hacerme". Comenzó a embestirme de nuevo,
una y otra vez notaba cómo su polla se movía dentro de mi culo, con fuerza.
Sus músculos estaban hinchados, al igual que la vena en su pecho. Pero me
miraba de forma dulce, unida al deseo. Mientras, me masturbaba con fuerza. Me
encantaba que me diera placer, que él se encargase de todo y que yo sólo
tuviera que dejarme llevar.
No supe el tiempo que había pasado, pero un gemido de Julián, más fuerte que
todos los demás, me sobresaltó. Se movió y salió de mí para poner su polla
en mi boca. Era el momento, se iba a correr. Moví mi cabeza y me la introduje
mientras le volvía a hacer una mamada. "Follas mejor que tu padre, cabrón!"
me dijo entre suspiros y gemidos. Él ayudaba a mi mamada a través de
empujones, quería fuerza´, quería que se la mamase con fuerza. Como un
hombre. Me movía cada vez más rápido y mis succiones eran más profundas. De
pronto, sentí algo todavía más cálido en mi boca, con un sabor entre salado
y agridulce. Su lefa venía a mí. Se la succioné haciéndole lanzar gemidos,
hasta gritos y cuando acabó de hacerlo le besé con toda su lefa en mi boca.
Quería compartirla con él.
Sin embargo, nuestro beso duró poco porque me tumbó en el sofá y volvió a mi
polla. Quería darme de mi propia medicina porque también me succionaba
fuertemente, como yo lo había hecho. No pude aguantar más. Me corrí. Me corrí
junto al grito más grande y más deseado de mi vida y lancé más leche que
nunca dentro de su boca. Pero también la iba a compartir con él. Me besó con
mi leche en su boca y así sellamos un pacto de sexo que duró en esas dos
semanas y en algunas visitas que le hice a Estados Unidos.
Después de compartir un cigarrillo, nos quedamos dormidos, abrazados y desnudos
durante toda la tarde, tan sólo para que llegase la noche y me dejase
penetrarle a él. Julián me enseñó en aquellas dos semanas todo lo que
necesitaba saber sobre el sexo. Jamás volví a tener miedo de las mujeres después
de haber sido deseado por un hombre como Julián. He follado mucho después de
eso, hombres, mujeres, hombres y mujeres... Y todo se lo debo a Julián. Él fue
quien me desvirgó, quien me quitó mis miedos. Todavía me masturbo pensando en
él, junto a uno de los regalos que me hizo: aquel tanga color del vino.
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